La Rosa y el Rocío

Hace tiempo, no muy lejos, existió un claro en este bosque.  Allí vivió una rosa muy linda.  Sus suaves y delicados pétalos, el color de bellos atardeceres mostraban; su tallo fino y fuerte era como el hilo de la seda; sus hojas eran perfectamente grabadas con todas las tonalidades del verde esmeralda; su exquisito perfume era sin igual tal como lo era su voz angelical.  Sin embargo, nada de esto se podía comparar con sus raíces doradas donde yacía su alma dulce, gentil y única.

Prima había nacido en primaveras pasadas.  Su nacimiento fue un acontecimiento.  Debajo de aquel gran roble que se ve desde aquí y por entre los suelos húmedos de la temporada, apareció Prima con su corona de pétalos aún cerrada y envuelta en un tenue aroma con el que embriagó la zona.  El roble la nombró “Prima”—primera entre las flores—y asumiendo instantáneamente el papel de padre, se ocupó de su cuido y protección contra todo lo que pudiera dañarle: la lluvia, el sol, el viento.  Saludable y fuerte Prima creció.  Todos esperaban que junto al colibrí, Prima fuese la reina de las flores.

Otra primavera llegó y Prima, con su corona recién abierta y en todo su esplendor, esperaba con incontenibles ansias la llegada del colibrí.  Se sabía que cada 3 temporadas llegaba el colibrí, rey de las flores, a visitar a cada nueva flor, para luego escoger entre ellas  la que sería  su esposa y su amor.  Pero semanas antes de la llegada de esta tan esperada promesa, Prima conoció a “Espe”, un pringuito de roció que había nacido con el alba.

Prima: “¿Quién sos vos sentado en mis pétalos?”

Espe: “Me llamo Espe—dijo con vos dulce.  Disculpa que te haya molestado pero no fue mi intención.  Me resbalé de aquella hoja y he venido a caer aquí.”

Prima: “¡Un accidente!”  “Está bien, no me molestas”—dijo Prima mirándole con curiosidad.

Espe: “Soy roció.”

Prima: “Ya lo sé, he visto rocío antes.”

Espe: “Eres una flor muy linda y me gustas mucho.”

Prima: “Gracias”—dijo extrañada, pues a quién se le puede ocurrir que un pringo de rocío se atreva a decirle esto a una rosa.  “Definitivamente que se necesita valor para tal cosa”—pensó Prima.

Y así empezaron a conversar afanadamente y se hicieron muy buenos amigos.  Todas las mañanas Espe venía con el alba para ver a Prima y la rosa le esperaba.  Conforme los días fueron pasando, Prima, de su colibrí se fue olvidando.  Y Poco a poco e inexplicablemente, se fueron enamorando el uno del otro.  Espe no se atrevía a decírselo a Prima.  Hasta que por fin “te amo” fue dicho  y confesado, y el evento terminó en un beso entre abrazos.

Enseguida las flores y el rocío del claro se dieron cuenta de esto y el amor puro y claro entre Espe y Prima se convirtió en su más temible pesadilla.  Las flores indignadas decían que Prima se había vuelto loca  ¡Cómo era posible que toda una flor se enamorara de un pringo de rocío!  “La que iba a ser nuestra reina”, se lamentaban, “Rebajada a servir y amar a un inconsecuente ¡Qué horror!  Debe ser que ella es tan inconsecuente como él y no fue nunca la flor especial que creímos”.  

Y el rocío, escandalizado, decía que cómo era posible que uno de los suyos se enamorara de una flor de dos primaveras atrás ¡Dios!  Una rosa le extraviaría entre sus pétalos, le seduciría con su perfume, le perdería para siempre con su mala compañía.

¡Todo el bosque murmuraba!  Unos comentaban que estos casos—incorrectos y absurdos—se habían visto antes y que esto no podía seguir por motivo alguno.  Otros pocos, de amores que habían triunfado sobre la adversidad contaban.  Mil y un cuentos, mil y una burla de bocas ajenas brotaban.  Prima se defendía contra todo y todos.  Espe, en cambió, en silencio recibía los ataques de todos y no murmuraba palabra.  

Las flores le prohibieron a Prima ver a Espe.  El rocío le prohibió a Espe volver a ver a Prima.  “Así debe ser, es lo correcto” juzgó la mayoría.  Y la sentencia fue implementada por todos menos por Prima quien se armó de valor para aguantar cómo un atlas tanta incomprensión. Pero a Espe si se lo llevó la corriente... La culpa se alojó en su mente y de allí no volvió a salir hasta que todo terminó.  Todos le hicieron sentir el peso del desacuerdo y de la colectiva inaceptación.  Su ser, de naturaleza frágil y superficial, tan característico del rocío, cedió, y fue arrastrado por la fuerza pública de la opinión.

Pasaron los días y Prima palideció. Todos desaprobaban pero ella estaba decidida a luchar.  Mas la burla atormentaba a Espe y este quiso volver a su vida de antes, de hoja en hoja con el alba, porque sólo así podía escapar la vergüenza máxima.  Se sintió apenado por su amor... se sintió ridículo.  Había cometido un grave delito y un pecado imperdonable... se había fijado en una flor siendo rocío.  “No debe ser”, fue martillado en su cabeza hasta que llegó al punto de despreciar a su querida Prima.

Una tarde, Prima notó entre las hojas de una flor vecina a Espe.

Prima: “¡Espe!  --le llamó-- ¡Volviste!, y extendió sus pétalos hacia él.

Espe: “¿Cómo has estado?”  —dijo desganado.

Por entre las hojas de la flor se asomó una hojita verde tierno de mano de Espe.

Prima: “¿Qué?”—dijo Prima desconcertada.  Dijiste que me querías”—continuó, pero un nudo en la garganta la detuvo.

Espe: “Si, ya sé.  Yo te quería cuando te lo dije pero...”

Prima: “¿Pero?”  “El amor no conoce el ‘pero’ y no se acaba en unos días.”  “¡Cobarde, nunca me quisiste!”—le gritó—“No tenes corazón”.  

Y se quedó viendo al vació decepcionada.  Las flores a su alrededor se rieron con tristeza y movieron sus cabezas a sentencia de Prima que aún no podía creer tan dura verdad.  Prima enrojeció enseguida de vergüenza—“Por una hoja... me cambió por una hoja”, y sintió en aquel momento un dolor inaguantable, como si se hubiera enterrado en su alma todas las espinas de su tallo inquebrantable... ¡Quería morirse!  Tanto sacrificio, tanto amor, invertido en Espe, en un espejismo, en un amor de juguete, en un envase vació.  Y desde ese momento, más no habló... enfermó.  En su delirio al gran roble le preguntó:

Prima: “¿Por qué? Si yo di todo.  Hubiera dejado de ser flor por él... me hubiera convertido en rocío... o en hoja  ¿Por qué cambiar una flor por una hoja?  ¿Qué hice mal?  ¿Por qué han sido todos tan crueles?  ¡Yo sólo quise quererle”

Roble: “Fuiste imprudente hija mía y ahora pagas por tu imprudencia.  Pusiste tu corazón dónde nunca debiste pues bien saben todos que el rocío no sabe distinguir entre un pedazo de hierba y una rosa.  El se planta dónde le deje la mañana.  Nunca defiende su estancia ni aquí ni allá porque todo le da igual.  Espe nunca podrá apreciar la profundidad, complejidad, y belleza de una rosa.  El solamente sabe caminar sobre la superficie de las cosas. No se le puede pedir amor al rocío.”

El roble trató sin éxito de animarla pero era imposible.  Prima estaba desconsolada, humillada...Sus lágrimas corrían desenfrenadas.  Esa misma tarde llovió y la lluvia se convirtió en tormenta.  Prima, por más fuerte que la hiciera el roble, estaba enamorada, estaba indefensa.

A la mañana siguiente el silencio de los alrededores perturbaba la calma.  Prima sobre la tierra yacía, su corona de pétalos entre el fango, sus hojas dobladas, su tallo,  todavía empapado.  El roble se inclinaba sobre ella sollozando con sus magnánimas ramas.

Roble: “Le quise proteger pero estiró sus hojas y pétalos hacia la lluvia y las gotas de agua se abalanzaron sobre ella sin piedad.”

¿Quién lo hubiera pensado?... ¡La flor y el Rocío!...

Espe terminó entre el lodo y las piedras pues su hoja se había ido con el viento y  no pudo encontrar raíz que le alojara; Prima, tirada sobre la tierra moribunda no se movía para nada.  Espe desvanecido por no haber tenido las riendas de su vida; Prima derrotada por tenerlas... ¡Qué ironía!    

Prima perdía poco a poco su vida.  Todo el bosque cayó en un silencio fúnebre.  De repente, volando por los aires, llegó el ligero y apuesto colibrí qué, cual zafiros y esmeraldas fundidos al sol, se presentó a lo lejos.  Sin perder tiempo y con alegría, el colibrí se plantaba de flor en flor e inmediatamente todos pensaron en Prima.  La rosa perfecta, la que había esperado con tanta devoción al rey de las flores, no tendría  si quiera la oportunidad de ser vista por él pues enlodada, su corona apenas y se distinguía.  Solamente se sentía remotamente su leve perfume.  

Para sorpresa de todos—el colibrí volteó y posó su mirada curiosa sobre el monto de tierra debajo del roble.

Colibrí: “¡Qué es ese aroma tan sublime!”—exclamó con sorpresa.

¡Fue emocionante! Cuando con toda cautela el colibrí empezó  aproximarse a Prima, cómo quién no quiere quebrantar el sueño de un niño, y observó detenidamente...

Colibrí:   “¿Qué es esto?”—dijo estupefacto.

Con su pico fue apartando poco a poco las piedrecillas de tierra mojada encima de Prima hasta que se pudo distinguir de nuevo la corona rosa.

Colibrí: “¿Quién hizo esto?”—dijo volteándose a la muchedumbre que le rodeaba—“Esta flor maravillosa dormida dentro del fango...  ¿Quién hizo esto?”—repitió con un tono fuerte y severo como demandando la entrega del culpable.

Pero nadie respondía.  Algunos serios y preocupados lucían, otros apenados se sentían.  Algunas flores parecían que iban a estallar en llanto, y algunos pringos de rocío se volteaban a verse unos a otros con vergüenza, cabizbajos.

Al mirarla, el colibrí se enamoró enseguida de aquella bella rosa que ahora, ante el límite de la vista, lucía no como la rosa que era, si no como una flor cualquiera, deshecha por el mal tiempo.  El colibrí la tomó entre sus alas y con su mirada cándida, llena de amor y ternura, le pidió que abriera sus ojos.  Pero ella no se inmutó;  estaba destrozada por dentro.  Él la recogió del suelo con su pico dorado y abrazándola con emoción le dio el beso puro del amor.  Prima abrió sus ojos sorprendida.  Y cuando vio al colibrí, su alma recobró la fe y así se salvó.  Más bella y fuerte que nunca, Prima terminó de incorporarse y la luz del atardecer la envolvió para mostrarla en todo su esplendor.  “¡Qué rosa tan maravillosa!”—exclamaron todos boquiabiertos.  El colibrí se postró a sus pies y le pidió con toda humildad:

Colibrí: “Sé mi esposa.”

Ese día el claro vistió de gala.  Todo había sido mágico, cómo en los cuentos de las hadas.  El amor había premiado al uno con el otro pues ambos se merecían: El colibrí había podido apreciar la hermosura de Prima a pesar de haberle encontrado triste y apagada dentro del fango; y Prima, a su vez, había podido apreciar el amor verdadero en aquel colibrí a pesar de las heridas y las rupturas que habían dejado en su corazón.

Por más que se busque, ese claro ya no existe en este bosque... fue hace tanto tiempo que sólo queda este cuento y algo de lo que este nos susurra:  

“El cobarde no sabe del amor ni el amor del cobarde: se necesita valor para amar. El amor verdadero, el que sabe apreciar entre lo auténtico y lo falso, el que no se esfuma fácilmente, es sólo para los valientes de alma y corazón.”

Preguntas de desarrollo:

¿Cuál es el tema central de la historia?

¿Con cuál personaje te identificas más y por qué?

¿Qué te enseñó este cuento?

¿Si fueras la rosa o espe, qué harías diferente y por qué?